Me sobrecoge el uso de las redes sociales en el momento en el que escribo. Y las dependencias que generan, que por partes iguales me aterrorizan y me fascinan. Desde hace un tiempo opté por no tener redes sociales ni perfiles en ninguna de las plataformas conocidas. Hasta las propias cuentas que tuve que activar por motivos laborales han dejado de tener uso y darme de baja como usuario. Es curioso lo sencillo que resulta crear y activar una cuenta y la cantidad de veces que tienes que cerrar y negar no querer continuar para darla de baja. Incluso cuando lo has conseguido, tienes un margen temporal para poder reactivarla en el momento que lo desees, al instante. No sé si por negación o por querer diferenciarme del resto estoy ahora mismo en esta posición. Pero no tengo ninguna necesidad ni siento ningún deseo de cambiarlo, quizá porque el tiempo reafirma mi posición o quizá porque sigo observando a mi alrededor todo lo que genera. Lástima que no soy capaz de dar el paso a quitar también la mensajería instantánea de whatsapp, una mezcla de utilidad real y de preocupación de mi entorno, que no lo ve con buenos ojos ante la amenaza de falta de comunicación. Lo que sí he conseguido es minimizar su uso, empezando por desactivar las notificaciones y que sólo cuando voy a buscarlo de forma intencional lo consumo. Lo que si he logrado imponer es que si alguien quiere algo me llame, y no me escriba y espere una respuesta relativamente temprana, lo que ya considero un éxito de bastante mérito.
Se trata de una temática que me ocupa bastante espacio mental, sobre todo porque me afecta en multitud de ocasiones, ya que aunque seas capaz de escapar a sus encantos, tu entorno suele estar inmerso en ellos. Puedo entender, comprender e evidenciar su uso como consumo de tiempo y entretenimiento, sobre todo para el consumo de temáticas que a cada uno le pueden resultar interesantes, desde actualidad deportiva a tendencias de moda pasando por casi cualquier tema, tanto de gran consumo como de nicho. De hecho, si hay algo que considero positivo de todo esto es la gran visibilidad y relevancia que se puede generar de ciertas minorías que, de otra manera, sería muy difícil que tuvieran el mismo altavoz y la misma accesibilidad por parte del gran público a estos contenidos. Es la democratización que se puede ver reflejada en la gran cantidad de perfiles considerados creadores de contenidos y los pocos recursos y accesibilidad que en teoría se necesitan para poder subirte a esta ola.
Pero por otro lado trae nuevos escenarios desconocidos, que no son necesariamente buenos o malos sino simplemente nuevos y que, unidos a ciertas herramientas como la mal llamada inteligencia artificial y el poder de los algoritmos, están generando un caos social del que no podemos comprender ni prever las consecuencias. Tal y como yo lo entiendo, trae consigo varias consecuencias y necesidades que trataré de explicar de la forma más aséptica de la que soy capaz, siempre desde mi particular visión:
- Metaverso: escapar a la realidad para vivir en un mundo paralelo y digital. Un mundo dónde puedo modificar mi rol, mi autoestima y la percepción que tengo de mí mismo a través de las apariencias. Ya no buscas tener experiencias para vivirlas, sino para poder compartirlas y la necesidad de ego y de estatus que eso mismo te genera. Se busca escapar del mundo real en el que vives para compartir sólo aquello que me hace verme ante los demás de un modo artificial, no verdadero y cruel. Cruel porque genera la incansable necesidad de seguir compartiendo, seguir aparentando y seguir construyendo tu anhelo de vida que se desvanece fuera de tu pantalla.
- Polarización: los grises han pasado a mejor vida, ya no están de moda. Se trata de conmigo o contra mi, de blanco o negro y de esa simplificación de la realidad que menosprecia las diferencias y otras formas de pensar y actuar. Y todo esto viene determinado por la atención que prestamos a la radicalización del contenido y lo que los algoritmos premian a la hora de que algo sea viral o no. Eso hace que entremos en un círculo vicioso en el que la provocación se premia, y cuanto más radical, más conflicto y más impacto más atención genera. Como es lo que más atención genera es lo que el algoritmo premia a la hora de sugerir publicaciones similares y como esto sucede de este modo, si quiero que un contenido sea viral tengo que posicionarme, impactar y radicalizar. Además, con la doble moral que suponen las últimas tendencias de control de publicaciones en redes sociales versus libertad de expresión se está alzando todavía mucho más esta tendencia, que hace que el mundo se simplifique y se polarice perdiendo toda la riqueza de espacios intermedios que en realidad existen.
- Religión: si no estás conectado no existes, es una prioridad vital. En cierto sentido me recuerda al principio filosófico de la saga de Mátrix, dónde no sólo vives conectado sino que quieres vivir en esa realidad digital. Lo deseas, lo anhelas y no concibes otra forma de invertir tu tiempo, ya que el aburrimiento o el drama te invade si no puedes estar actualizado y/o conectado. Es terrorífico en cómo está afectando a nuestra capacidad de interrelación con el mundo real o con la capacidad para poder mantener una conversación sin interrupciones que tienen que ser atendidas en ese preciso momento, porque son una prioridad más allá de la propia realidad en la que respiramos.
- Sobre estimar el dato: es el nuevo átomo. El dato o el conjunto de datos es el nuevo paraíso sobre el que explicar el mundo. Todos los razonamientos, sucesos y comportamientos se pueden explicar con datos, si tienes acceso a la información necesaria. Esta creencia me parece en extremo peligrosa, ya que por mucho procesamiento de datos, de información recabada y por muchos paralelismos que sean generados por herramientas automáticas algorítmicas o de inteligencia artificial, nos estamos dejando una parte de la realidad que no es la suma de caracteres procesables. Básicamente porque son incontables, y no se puede medir algo que es incontable. Ni tenemos capacidad de medirlo ni la tendremos, a no ser que sigamos simplificando el mundo de la manera en la que lo venimos haciendo de unos pocos años hasta la actualidad. No estoy negando la explicación de tendencias, de patrones, o de relaciones que se pueden conectar a través de datos, pero sólo el hecho de seleccionar unos u otros es un sesgo que puede tener consecuencias y conclusiones diferentes. Ese sesgo es el que es imposible de evitar, y darle valor casi sobre natural al dato es hacernos trampas al solitario, sólo que sin ser conscientes de ello. Pues no se puede poner en tela de juicio su valor, ya que es algo empírico que se extrae y resume la realidad. A mi modo de entender, es como cuando comprimimos una imagen o una canción. La reducción de peso viene porque ante datos similares, se igualan y eso simplifica el producto final y reduce su peso: pero no es la original, es una copia de peor calidad, que reduce sus matices.
- Individualización: cobra relevancia el yo y el propio ego frente a cualquier asociación, afectando incluso a núcleos tradicionalmente fuertes como incluso la familia. El objetivo es destacar el yo frente al resto, ser especial y sentirte como tal, ya sea siguiendo la tendencia, radicalizándola u oponiéndose a ella. Ese juego en el que se entra en la negación como parte del propio sistema. Esta nueva sociedad nos lleva a ser más egoístas, tanto de forma natural para con nosotros como para la búsqueda de ese sentimiento que me haga resaltar o ser diferente, como muestra o prueba de mi propia personalidad. Cuando la realidad es que el patrón de comportamiento es más que similar, tanto de un espectro del espejo como del otro.
- Concesión ante lo falso: la mentira, la exageración o la falta de veracidad intencional generaban un sentimiento de rechazo de forma general, era una sentimiento casi universal que se procesaba en casi todas las culturas. Esta meta sociedad de las redes sociales ha rebajado ese sentimiento hasta dejar un umbral muy laxo con la falta de verdad como término en su amplio espectro. Lo que no es de nuestra propia corriente, forma de pensar o interés se obvia y lo que nos agrada aunque no sea verídico se acoge con cierto entusiasmo. Esta forma de comprender la realidad y consumir información es muy peligrosa, ya que aunque siempre un mismo hecho se puede ver desde diferentes puntos de vista, normalmente estaba expuesto a cierto rigor o criterio de veracidad. Sin embargo, en estos momentos, este parámetro pasa a un segundo plano para facilitar la expansión y el alcance, lo que nos lleva al punto anterior de extremar la polarización.
- Fugacidad: es la tendencia que padecemos de quererlo todo ya, ahora, y sin ningún esfuerzo y por tanto, valor. Y esa falta de valor es lo que genera el cansancio de cualquier realidad en un marco temporal ínfimo. Y nos lleva al siguiente deseo y al consiguiente consumo que no tiene fin, ya que queda servido un círculo vicioso que nos atrapa y nos expone a una insatisfacción infinita.
- Alienación: todos los ítems anteriores me hacen pensar que vamos hacia una sociedad cada vez más alineada. Con menos capacidad crítica y más conformista con su sociedad mientras puedan seguir jugando con su meta sociedad. Esto evoca el concepto que exponía Marx, sólo que el problema ahora no es el capital y la conciencia de clase, sino el juego en el que entramos en la meta sociedad y el estado de ensoñamiento en el que actuamos como individuos alienados.
No sabemos a dónde nos va a llevar todo esto, ni las consecuencias que va a tener a corto, medio o largo plazo, pero desde luego supone una revolución en la forma de entender la vida, la relación con el mundo y con los demás que ya nos está afectando, estés más o menos en la rueda, ya que tu entorno está más atrapado de lo que cree. Y tú también. Y yo también. Es imparable.